Durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir.
Que debía inclinarme por un lado: o la estructura aprendida, o la libertad del gesto. Con los años entendí que esa tensión no es un problema a resolver, sino un territorio que habito constantemente.
Mi formación académica me dio herramientas valiosas: observar, construir, entender el cuerpo, el espacio, el color. Me enseñó a mirar con rigor y a sostener una obra desde lo técnico. Pero también dejó marcas: la necesidad de control, de corrección, de “hacerlo bien”.
El gesto apareció después, casi como una respuesta natural. Como una forma de soltar, de permitir que la pintura ocurra sin pedir permiso. Ahí el trazo se vuelve más honesto, más inmediato, más cercano a lo que siento que a lo que sé.
Hoy no busco que uno domine al otro. No intento borrar la academia ni idealizar el gesto. Mi trabajo se mueve en ese punto intermedio, donde ambos dialogan, se contradicen y se necesitan.
Hay días en los que la estructura sostiene la obra; otros en los que el gesto la rompe. A veces el dibujo aparece claro y consciente; otras, se disuelve entre capas, correcciones y accidentes. Esa inestabilidad es parte esencial de mi búsqueda.
Pintar así implica aceptar la duda. Aceptar que no siempre sé a dónde va la pieza cuando empiezo. Que el proceso puede cambiar de dirección y que eso no significa un error, sino una posibilidad.
En ese cruce entre lo aprendido y lo intuitivo encuentro sentido. Ahí aparecen preguntas sobre identidad, tiempo, transformación y memoria. No como conceptos cerrados, sino como capas que se superponen, se tapan y vuelven a surgir.
Mi pintura no busca una respuesta definitiva. Es más bien un ejercicio constante de negociación entre el control y la libertad. Entre lo que sé hacer y lo que necesito explorar.
Esa tensión no me limita. Me define.